DIA 30: LUCAS 8

LA LUZ DEL EVANGELIO

8.16 Nadie enciende un candil y lo tapa con un cacharro o lo mete debajo de la cama,, sino que lo coloca en el candelero para que los que entran vean la luz.
8.17 Pues nada hay encubierto que no se descubra, o escondido que no se divulgue y se manifieste.


COMENTARIO

En tiempos de Jesús, toda casa de Galilea tenía lámparas de aceite de terracota. Encender una lámpara constituía un trabajo que figura incluso entre las ocupaciones importantes prohibidas en los días de sábado.

Sería absolutamente absurdo encender una lámpara para casi apagarla cubriéndola con un jarrón (parece que "poner una lámpara bajo un cuartillo", es decir, un recipiente que sirviese de medida para el trigo o la harina, era una forma clásica de apagar una lámpara de aceite para impedir que echase humo).

Si es posible apagar una lámpara que acaba de encenderse, aunque parezca absurdo, es totalmente imposible impedir que la luz no luzca y que manifieste sus rayos luminosos.

He aquí lo que Jesús añade a la parábola de la lámpara: "Nada hay nada encubierto que no llegue a descubrirse" ( v.17).

El Evangelio del Reino de Dios es como una lámpara que Dios acaba de encender. Cristo, el primero, es el mensajero de la Buena Nueva, él mismo es el Evangelio.

Esta es la razón por la cual nunca se detuvo en anunciar el Reino de Dios. Cuando quisieron retenerlo en Cafarnaúm, el pueblo en el que vivió algún tiempo, decía que le era imposible no ir más lejos para anunciar la Buena Nueva. (Mc 1.37-38).

Cuando se le aconsejaba que no fuera a Jerusalén para ser allí testigo de Dios, decía: "Debo proseguir mi camino" (Lc 13.33). Al saber que él era una lámpara encendida -"Yo soy la luz del mundo"(Jn 8.12) -, prefirió que su lámpara nunca se apagara.

También nosotros somos mensajeros del Evangelio, lámparas encendidas, como ha dicho Cristo: "Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5.14). Y de la misma forma que una lámpara que no alumbra no sirve para nada, tampoco es posible llevar el nombre de Cristo sin que su luz ilumine a través de nuestra vida.

La luz del Evangelio, alumbrada por Cristo y los cristianos, no puede permanecer escondida.