DIA 9: SALMO 131 (130)

UN ESPÍRITU DE INFANCIA

.1 Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros; no persigo grandezas que me superan.
.2 Juro que allano y aquieto mi deseo.
.3 Como un niño en brazos de su madre Como un niño sostengo mi deseo.
¡Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre!


COMENTARIO

Este pequeño salmo nos ofrece, maravillosamente resumido, la actitud fundamental del creyente, al proponer la imagen de un "niño en brazos de su madre".

La imagen del niño nos es conocida por la predicación de Jesús (cf. Mt 18. 1-4; Mc 10. 13-16) y corremos el riesgo de habituarnos a ella, ignorando lo que tiene de trastorno e incluso de revolucionaria.

La actitud de humildad y de pobreza espiritual que encontramos en este salmo es el fruto de una larga evolución en la Biblia. No proviene de un desprecio de los bienes de esta tierra: "Dios vio que todo lo que había hecho, era muy bueno" (Gn 1,31).

Y eso es verdadero sobre todo en el ser humano, hecho a imagen de Dios (Gn 1.27). Está llamado a gozar de la creación, a poner sus talentos en práctica y a llevar a cabo sus posibilidades.. La abundancia de bienes se ve entonces como una bendición.

Al mismo tiempo, desde el éxodo de Egipto, el pueblo de Dios había comprendido que Dios tenía una predilección por los más pobres. Cuando no eran nada más que un montón de esclavos, el Señor los libró de la esclavitud para hacer de ellos un pueblo. Y cada vez que ellos se dirigían a él en su desolación, estaban convencidos de que les abriría un camino.

Poco a poco, legó a ser evidente para algunos que una confianza grande en sus cosas propias y en su haber los hacía incapaces para acoger el don de Dios. ¿Cómo podía Dios llenar las manos ya llenas? El único camino, por consiguiente, era mantenerse en una actitud de acogida confiada, de ver todas las cosas como un puro don de la bondad divina. Volverse a Dios más bien que apartarse de él y buscar los propios medios: he ahí la única forma de ver aún cosas mayores (Jn 1.50), de recibir el mundo entero como herencia (Rm. 4. 13; cf. Mt 5. 3-5).